martes, diciembre 01, 2009

El sueño inquieto de Volpi


“No quiero sonar como uno de esos malignos aguafiestas que no se cansan de embutirnos su amargura y señalan una y otra vez que América Latina nada tendría que festejar en 2010”. Lo anterior lo dice Jorge Volpi en alguna de las páginas finales de su libro El insomnio de Bolívar. Cuatro consideraciones intempestivas sobre América Latina en el siglo XXI. Yo me siento más parte de los “malignos aguafiestas” que de los celebradores irreflexivos. Y creo que Volpi se encuentra también un tanto hacia los aguafiestas al tratar de desgranar las conclusiones que se pueden ubicar en este libro, pero le cuesta resignarse a echar a perder las fiestas, incluso, de un gobierno del que forma parte.
         El adjetivo “intempestivo” se encuentra utilizado de manera más que atinada. Dentro de ese análisis que Volpi hace de la situación contemporánea (dejando de lado de manera “intempestiva” también, la posibilidad de recuperar muchos elementos del proceso histórico de América Latina que lo obligarían a matizar diversas afirmaciones), decide elaborar un diagnóstico desde el presente y proyectarlo a un futuro que marca la posibilidad de una integración (ante todo económica) con la otra América, y, en ese sentido, cumplir con el sueño de Bolívar de conseguir una América integrada (con los Estados Unidos). Una ficción político-histórica que Volpi denomina los Estados Unidos de las Américas (EUA).
         Dotado de una pluma privilegiada y un ritmo que se acomoda en muchas partes de mejor manera en el ensayo que en la narrativa, Volpi cuestiona la existencia de la idea de América Latina como un ente que pueda ser definido de manera determinante y homogénea. Su primera consideración, “Deshacer la América”, marca ya la línea que animara las reflexiones posteriores: una tesis que ha servido, sobre todo en los últimos días de constante campaña publicitaria del volumen, para generar una polémica que en el punto más álgida se vuelve más estéril, en tanto no permite acuerdos reflexivos y críticos, sino más separación entre los “aguafiestas” y “los otros”. La conclusión de la primera consideración es más que clara:
Resumo: nada de lo que distinguió a América Latina en el siglo XX queda en pie. Se marcharon dictadores y guerrilleros; el realismo mágico© y nuestro exotismo tropical han perdido su atractivo; los intercambios culturales entre nuestros países se han vuelto irrelevantes; y las altas y bajas de la democracia nos han normalizado hasta el aburrimiento. Preguntémonos entonces, otra vez, ¿qué compartimos, en exclusiva, los latinoamericanos? ¿Lo mismo de siempre: la lengua, las tradiciones católicas, el derecho romano, unas cuantas costumbres de incierto origen indígena o africano y el recelo, ahora transformado en chistes y gracejadas, hacia España y Estados Unidos? ¿Es todo? ¿Después de dos siglos de vida independiente eso es todo? ¿De verdad?
Cabría acotar que “lo mismo de siempre” alude al estereotipo que rodea a la construcción de la imagen de lo latinoamericano en el siglo XX, y a cuestiones que pensadores, escritores y filósofos han tratado de desentrañar durante largo tiempo. Curioso resulta que, a pesar de citar a Carlos Monsiváis (probablemente otro “aguafiestas”), no haya reparado en otra larga lista de elementos que, también, acercan y definen a América Latina. Menciona Monsiváis en “Ínclitas razas ubérrimas” en Aires de familia. Cultura y sociedad en América Latina:
[...] si no queremos tomar en cuenta los grandes procesos formativos de la lengua y las similitudes históricas, basta sumar algunos elementos: el aspecto de las ciudades (bellezas naturales y logros arquitectónicos aparte) uniformadas por las prisas de la rentabilidad, las opresiones de la deuda externa, la concentración monstruosa del ingreso, las asimilaciones incesantes de la americanización, los efectos de la economía neoliberal, el papel rector del analfabetismo funcional, los resultados más bien fatídicos de la moda en arquitectura y artes plásticas, las zonas del arrasamiento ecológico y los niveles de contaminación causados por el capitalismo salvaje, el auge del desempleo y el subempleo, el fracaso de la educación pública y, para el caso, de la educación privada, que sin embargo se compensa por el éxito de sus egresados... Del lado opuesto, se dan procesos culturales a fin de cuentas simultáneos, se desarrolla la sociedad civil (con los derechos humanos en primer plano), hay una genuina internacionalización de la cultura y se liquida gradualmente el sentimiento de lo “periférico” en artes y letras.
Es de resaltar, sin embargo, el trabajo de reflexión que Volpi realiza en la "Segunda consideración"; en esta parte consigue de manera amena retratar las características de la construcción del espacio político en América Latina y realiza una caracterización densa sobre los elementos que constituyen los diversos procesos políticos de nuestros países. Plantea la institucionalización de la vida política enunciando una de sus paradojas: “Paradoja latinoamericana: de un lado, la hipócrita veneración de las leyes escritas y, del otro, el burdo desprecio hacia su práctica”. Esta idea de la doble moral ya había sido abordada por John Lynch en algún otro texto [América Latina, entre colonia y nación], aunque éste refiriéndose a la influencia de lo religioso dentro de la vida social; pero cuya tesis de conflicto puede ser asumida de manera sinónima sin problemas.
         Su descripción del “caudillo democrático” redunda en la relación medios-política como un tándem que no puede ser pasado por alto: “El caudillo democrático© se aleja de las Cámaras y se rinde ante las cámaras". Más allá de la pirueta retórica, retoma uno de los elementos más conflictivos en los intentos de comprensión de América Latina: el papel de sus caudillos (concepto alrededor del cual uno de mis estudiantes, José Luis Pérez Santis, desgrana reflexiones más que pertinentes en su trabajo de fin de semestre que comentaré próximamente). Para Volpi la figura es conflictiva, porque tienen que confluir en la construcción de otro estereotipo, variadas ideologías que responden a grupos de interés incluso antagónicos. Hay una antipatía manifiesta por la figura de Hugo Chávez (los Castro son una mafia que finiquita desde la adjetivación de “tiranía” y no se preocupa en analizar ni epidérmicamente) y en, general, por los caudillos surgidos de la izquierda que han alcanzado notoriedad en elecciones recientes en nuestro continente. López Obrador es una figura complicada, incluso en términos de redacción, aparece siempre entre paréntesis o con guiones que lo separan de aquellos que sí obtuvieron las presidencias de sus países (aunque ponga a Ollanta Humala entre éstos, sin que haya resultado ganador).
         Es acá donde plantea la posibilidad de generar una comunidad americana que incluya a los países del Norte como parte de esa configuración, incluso iguala estos planteamientos con la posibilidad de que Bolívar apoyara esta idea:
[...] Acaso el tricentenario de las independencias podría celebrarse con una auténtica unión, en condiciones de igualdad y respeto, de todos los países de América. Sé que esta posibilidad incomodará a muchos, pero es la mejor esperanza que tienen sus habitantes de desarrollar sistemas democráticos más sólidos, transparentes y equitativos, desprovistos del oprobio que significan las fronteras nacionales. Quizás a Bolívar no le disgustaría tanto la idea.
La tercera consideración está dedicada a la cultura latinoamericana (o de actores de los países de eso que se llama América Latina) y la descripción de las peculiaridades de las generaciones posteriores al boom de la literatura como el germen de un nuevo estado de cosas. De resaltar es la reflexión que anima el análisis de la obra de Roberto Bolaño, a quien el autor denomina “el último escritor latinoamericano”. La razón del éxito del chileno, Volpi lo explica argumentando que su propuesta no proviene de la influencia del boom, sino de un mecanismo contrario al utilizado por los autores incluidos en esa denominación:
Si los miembros del Boom escribían libros centrados en sus respectivos lugares de origen con la vocación de convocar la elusiva esencia latinoamericana, Bolaño hizo lo inverso: escribir libros que jugaban a pertenecer a las literaturas de estas naciones pero que terminaban por revelar el carácter fugitivo de la identidad. Al impostar las voces de sus coterráneos, Bolaño se convirtió en el último latinoamericano total, capaz de suplantar a toda una generación.
Dos cosas merecen atención aparte en su texto. Por un lado la comparación que hace de las características del escritor latinoamericano del Boom con respecto al de nuestros días. Pero eso es algo que requiere otro texto. Por otro lado, digno de revisión es el canon que propone como “Breve inventario de obras de autores latinoamericanos nacidos a partir de 1960”. Relación que, como antología de nombres y obras, más que de textos, presupone el futuro y las tendencias estéticas que deberán marcar los años próximos en las letras latinoamericanas.
         De la última consideración, un juego de prospección que intenta descifrar el futuro de la región hasta el 2110. En una serie de suposiciones que, más allá del ejercicio legítimo de imaginación bien informada, no pude pasar más que por un (otro) inventario de deseos-temores-proyectos de una región que, según la tesis central, es inexistente.
         Rescatable de esta última parte es, sin lugar a dudas, la reflexión que Volpi hace alrededor del manejo político que se hará de las “celebraciones” de los bicentenarios de las independencias:
Nada como los bicentenarios para concitar fantasías de progreso, paz y comunión en nuestras alicaídas democracias. O al menos así lo piensan nuestros políticos: una buena borrachera para distraer la atención de la gigantesca crisis económica que, como un tifón largamente anunciado, golpea con toda su fuerza a la región; una cortina de humo para ocultar o al menos opacar la inseguridad, la corrupción y la miseria de nuestras repúblicas. [...] Paradójico año 2010: celebrar el fin de nuestra dependencia de una potencia extranjera justo cuando somos víctimas de los errores, los vicios y la avaricia de los especuladores de otra potencia extranjera (o en realidad de la misma que hemos padecido desde la expulsión de los españoles).
El texto es un material que requiere ser leído con atención. Creo que una de sus principales características radica en que la atención del autor se centra de manera neurótica en las posibilidades abiertas hacia el futuro, con el riesgo de que ese camino pre-visto pueda fracasar por no atender con suficiencia el pasado que significa (y mucho) la posibilidad de que la idea de América Latina (a pesar de los presagios/decretos de desaparición) sea un concepto que necesite resignificarse y que sobreviva, incluso, con la molestia intelectual y práctica que suscita su referencia.
         La lectura del ensayo es fluida, pero existen partes que no resisten un análisis puntilloso. Contradicciones que convergen en cuestiones que, por otro lado, resultan irresolubles, como la relación mercado-identidad-literatura (arte). Con muchas cosas incompletas o debatibles en extremo, sin embargo, el texto de Volpi pone muchos elementos de reflexión de cara al mediático y utilitario 2010. Para atender antes de iniciar la vorágine de “bicentenarios” continentales.

Jorge Volpi, El insomnio de Bolívar. Cuatro consideraciones intempestivas sobre América Latina en el siglo XXI, México, Debate, 2009. (Premio Iberoamericano Debate Casa de América 2009).

Nostalgia contradicción


¿Qué realidad se transformó? ¿La de los escuchas de los Cadillacs en los 90's o la realidad en su conjunto? Las vestimentas y la actitud de los que ayer acudieron a escuchar al grupo argentino parecían las mismas de aquellos que hace diez años censuraban a los que escuchaban este tipo de música. Demasiados sentimientos encontrados al presenciar, ¡por fin!, un concierto en donde el que escribe pudiera apreciar el sonido de los metales y las percusiones de esta banda. Porque la vez anterior que los vi fue en un espacio abierto en el que el sonido falló miserablemente y la multitud acabó asesinando las ganas que tenía de escucharlos; y la otra vez fue en un auditorio que no estaba hecho para conciertos y, dicen, es el lugar de conciertos más barato del mundo: por el precio de un concierto, puedes escuchar siete (por el eco que se produce en el Pacio de los Deportes).
          Pues bien, que las contradicciones a flor de piel. Mientras resonaban en el recinto los versos de "Matador" (Soy la voz de los que hicieros callar sin razón/por el solo hecho de pensar distinto, ay, Dios/Santa María de los Buenos Aires, si todo estuviera mejor), unos gorilazos integrantes de la "seguridad" cuyo nombre de la compañía no deja lugar a dudas: Bulldog, [¿se acuerdan de los tristemente célebres "Lobos" que, en otro concierto de los Cadillacs madrearon a un estudiante de la Facultad de Química de la UNAM hasta perforarle un pulmón y después se hicieron pendejos para indemnizarlo por la brutalidad con la que fue "sometido"?] sacaban con lujo de violencia a tres chamacos de la parte frontal del escenario, quién sabe por qué razones, pero que desde arriba (y sobre todo con la música de fondo) resultaba un grotesco y excesivo. Y los que estaban alrededor ni siquiera voltearon a mirar la contradicción viviente que era todo eso.
          Resulta también enfermiza la saña con la que estos "vigilantes" persiguen a las personas que, celular en mano, quieren llevarse un recuerdo del concierto al que pudieron asistir pagando un precio que no es proporcional al de los ingresos promedio de la mayoría de la gente que llenó el Auditorio Nacional. Con sus pinches lamparitas de laser azul, andaban de fila en fila y de butaca en butaca "verificando" que con esos celulares no se fuera a hacer una "superproducción" digna de la piratería (todos sabemos que el origen de los archivos que van a la piratería salen de las propias compañías que dicen combatirla, así que para qué chingar al público). En fin.
          No voy a decir que no disfruté el concierto, porque sí lo hice. Me llevó a un lugar en el que habité hace mucho tiempo y del cual nunca voy a renegar. Escuché muchas de las cosas que quería escuchar. Canté todas (ajá, todas) las rolas. Y salí contento. Contento, pero consciente que el juego de las máscaras en ese diálogo entre lo que es y lo que debería ser, entre retórica y realidad, es un diálogo interminable.

viernes, noviembre 27, 2009

No mamen


No alcancé horario para la ya casi extinta en cartelera Inglorius Basterds, por lo que probablemente esté condenado a verla en DVD. El viaje hasta el cinito estaba hecho, así que había que decidir con qué sustituir el plato que representaba la peli de Tarantino. Y total, que un tanto irresponsablemente, me chuté el blockbuster ése súper taquillero de New Moon, la película de Chris Weitz basada en la noveleta de Stephenie Meyer que habla de vampiros adolescentes, hombres-lobo fans del Abs-Tonner y personajes femeninos la mar de maniqueos y en el límite del retraso mental.
          La película es un catálogo más que exhaustivo de todos los chiclés del romanticismo decimonónico llevadas a clave de High School Musical, pero sin musiquita y con personajes que se asumen (y la mayoría del público asume) como "profundos". La historia, en esta segunda parte de la "saga" (uff) de Twilight, gira alrededor de los "problemas existenciales" de los dos pretendientes de una Bella que uno no sabe si está drogada o nomás es medio pendeja.
          La "confrontación" (que no llega ni siquiera al punto de que los dos machines se pongan sus buenos madrazos) de los dos personajes pasa sin pena ni gloria. Desesperante guión que repite una escena ¡idéntica! con las mismas premisas argumentales y casi los mismos diálogos, al menos cinco veces a lo largo del metraje.
          Si uno quisiera ver alguna cosa relevante (y les aseguro que cuesta un chingo), uno encontrará mensajes que casan con un conservadurismo digno del terror bushista en el que la serie novelada fue concebida: machismo que convierte a la protagonista femenina en el "trofeo" del más machín y "sensible"; un clasismo que revela que los ricos Cullen podrán joderle la vida a la niña Bella, y el homoerótico (y casi homeless) Jakob podrá entrar al quite, pero sólo como un sustituto temporal "para pasar el rato" (-"Siempre fue Edward", le dice Bella en uno de los diálogos cumbres del final la película); el racismo reflejado en "el olor a perro mojado" de la consen gossip girl hermana del protagonista encierra más que un chiste inocente. Fiel reflejo de buena parte del conservadurismo gringo alcanza su numen en la frase final de la película, ni Disney es tan obvio, transparente, aburrido, predecible, falto de imaginación e indignante.
          No debería admirar si tomamos en cuenta que el director de marras ha dirigido churros tan paralelos a éste como American Pie. La neta, de cuatitos: no la vean.
          Me decidí a darle el beneficio de la duda a la película por culpa de este post de la Ira.

miércoles, noviembre 25, 2009

"Espejo chileno" de Carlos Fuentes


Vía el blog de Julio Ortega

Cuando el general Pinochet entró a la Clínica de Londres, el memorable día de 1998 en que la justicia española lo reclamó a juicio, no sabia él que se trataba de un hospital de lunáticos. En el jardín interior vio a unos señores ingleses que paseaban en silencio. Se acercó a uno de ellos, y le tendió la mano:

-Soy el general Pinochet -le dijo.

El otro se la estrechó, y respondió:

-Yo también soy el general Pinochet.

(Providence, abril, 2000)

martes, noviembre 24, 2009

Creerse las mentiras


Julián Torres, el protagonista de la novela La consecuencia de los días de Rubén Don, asegura que es una obligación de los poetas estar con los poetas. En ese sentido pareciera que también es una obligación de los narradores estar con los narradores. Y es por eso que hoy andamos por acá. Para acompañar a un narrador cuya historia le ha asegurado la reedición del trabajo que le valió el Primer Premio de Narradores Jóvenes de la UACM en el 2005.
         En otros lados he afirmado que la novela de Rubén es una de mis preferidas, que la recomiendo ampliamente y que su escritura augura un futuro venturoso si sigue enfrascado en la lucha cotidiana que representa el echar mano a las palabras y ponerlas a contar cosas. Hoy no haré sino redundar en esas afirmaciones. La consecuencia de los días cuenta muchas cosas. Y dice otras con las que es imposible no sentirse identificado. En la prosa del autor surge uno de los conceptos que más me han llamado la atención por aquello de las afinidades electivas: la idea de malnacido en los setentas. La idea de generación unida por ciertos síntomas (síntomas, venturosa palabra que se utiliza, entre otras cosas, para etiquetar las señales que ayudan en el diagnóstico de las enfermedades); decía, de síntomas que a mí, otro integrante de esa legión de malnacidos, nos acerca irremediablemente. Trataré de enumerar algunas que, en la novela de Don, son referidas textual y claramente.
          Una de las cosas que nos acercan como personas y como narradores a Rubén y a mí es el origen “sospechosista” del periodismo. Es decir, la capacidad que tenemos para divagar sobre cuestiones que tienen que ver con los medios y el papel que representan en la sociedad. El protagonista-narrador de esta novela se solaza en la descripción de cuestiones asociadas con los mass media. Y la televisión tiene un lugar privilegiado. Esa ventana que acomete sin aviso en la vida de las personas y que les ayuda a generar la sensación de que se está informado, o se sabe lo que pasa en el mundo, o en la máxima confusión, que no se forma parte de eso que la televisión describe. Ante los titulares de los diarios, las imágenes de las Torres Gemelas humeando, los espectaculares de publicidad, las transmisiones de radio, el protagonista decide ejercer su derecho a la indiferencia. Sabe que las noticias ahí están, pero las pone en duda o, en ejercicio máximo de su solipsismo, decide que nos son importantes.
          Los mundos se están deshaciendo. Y utilizo el plural para describir el proceso paralelo del cual la historia de Rubén da noticia: una guerra nuclear iniciada por la explosión de una bomba atómica por parte de Irak que desencadena la Cuarta Guerra Mundial (la Tercera, asegura la voz del narrador, fue esa tensión creciente y estresante representada por la Guerra Fría). Y en esa Cuarta Guerra los Estados Unidos tienen un papel preponderante. Pelea contra los rusos, contra la Unión Europea (a excepción del Reino Unido), contra los chinos. Un asunto de potencias en las que México se declara aliado de unos Estados Unidos que a la postre serán derrotados por una coalición que termina, como un deseo expresado de manera continua a lo largo de la novela, con la total hegemonía de los norteamericanos.
          Y es extraño que ese deseo se exprese de manera reiterada, porque una de las características del personaje principal es precisamente un nihilismo total con respecto a lo que ocurre con el resto del mundo. El final del mundo al que refiere el autor y su personaje no es el Apocalipsis externo en el cual el planeta está inserto, sino ese final arrasador e inevitable que ocurre en el interior de cada persona cuando los rituales de paso han concluido. Cuando la desesperanza se apodera de nuestras acciones y nuestras ideas. Julián Torres desconfía de sus coetáneos, de los que pertenecen a su misma generación, y entre más se muestran estos como furiosos militantes de la causa que sea, mayor desconfianza le inspiran al narrador. Lipovetski y su era del vacío, y Marshall Berman y sus sólidos desvanecidos en el aire, parecen hacerse eco de las ideas que resuenan en la cabeza del narrador, dice en alguna parte del texto:
Los Radicalitos quieren salir en la prensa y comienzan a lanzar piedras hacia el edificio. La emotividad se dispersa en pocos minutos. También huyo: siempre estoy huyendo de todo, de las cosas, de mí mismo. Al disgregarse la multitud, hay quien regresa a casa con la firme convicción de haber hecho lo correcto. Otros volvemos con la conciencia de que el mundo gira y seguirá girando en el mismo sentido: a la derecha (¡sorry, Che, la revolución fracasó!).

La prosa pausada de la narración se combinan con la vorágine de hechos que como un telón de ruido blanco, al fondo, allá, donde no importa demasiado, contrastan de manera positiva. El narrador decide no tener trabajo, no tener obligaciones institucionales o laborales. Decide su propia ocupación: rescatador de libros viejos. Y así como él decide ser eso, una turista danesa decide ser censadora de vidas, analizar cuántas personas han logrado tener una vida satisfecha y sensitiva, y cuántas no. Ella (la que no tiene nombre) decide ser curadora de almas solitarias. El narrador vuelve a mudar de ocupación y decide ser un descubridor de detalles; un explorador de las cosas que los demás damos por sentado o no nos detenemos a analizar, estudiar o intentar comprender. Oficios para el Apocalipsis. El final. La Revelación.
          Y la Revelación es que lo demás no importa. La Revelación es que siempre estamos solos. Que lo último que nos queda son nuestros propios suspiros, o los últimos estertores, o la última imagen fija en la pupila. El narrador intercala las visiones del mundo, ésas que todos ven y con las que pretenden “entender” lo que nos rodea de manera objetiva e impersonal; y, por otro lado, la Revelación de que los demás (como auténticos malnacidos) son los que menos nos importan. Dice, en la misma página, para ejemplificar lo primero:
¿No has visto esas espantosas imágenes en la tele? Una gran cantidad de edificios incendiándose por los bombardeos, gente corriendo por las calles desoladas, los corresponsales de guerra llorando de miedo, y todos esos enfermos mutilados que colman los hospitales donde no hay medicamentos, ni gasas, ni alcohol, ni vendas, ni nada.

Y la Revelación llega cuando el narrador afirma, es decir, se afirma:
[...] para mí la guerra se ha convertido en un asunto de indiferencia, [...] he perdido la sensibilidad ante el susceptible transcurso de los sucesos y sus consecuencias, [...] estoy listo para morir en el holocausto mundial, [...] cargo con mi propia guerra interna y [...] por ende, la guerra de los demás me da hueva.

En ese sentido, Julián Torres habita un mundo que no se está destruyendo, sino que ya ha estado destruido desde hacía mucho tiempo atrás, sólo que no nos habíamos dado cuenta. Como un punk setentero y coherente, una frase del libro apunta algo que Sid Vicious y compañía ya habían mencionado, pero que hoy más que nunca se vuelve realidad lacerante: “El día que le crees al televisor, a los políticos, a tus viejos y al profesor de matemáticas, estás jodido”.
          El libro se encuentra llena de frases recolectadas por el narrador en esas exploraciones de rescatador de libros. En su papel de padre adoptivo de cientos de ejemplares, el narrador recolecta también las frases que contienen y que le sirven para tratar de explicarse el mundo. A pesar de que pocas veces se atreve a decir(se) esas frases en voz alta, representan uno de los arsenales mejor seleccionados de frases contundentes para situaciones contundentes.
          La vida amorosa de Torres se llena de imágenes de mujeres que comparten una característica en común: todas lo han abandonado. El personaje tiene que lidiar con el abandono cotidiano, con las esperanzas truncas. Ni las prostitutas lo esperan, Madeleine lo abandona y envía a Violeta. La poeta se pierde rodeada de poetas (más frases contundentes: “La mayoría de los poetas son ansiosos y por ende siempre se enfilan al suicidio”); la bailarina en un vaivén de ires y venires tras-delante de su marido, Sofía persiguiendo su rutina y la rutina de todos. Al final, como a lo largo del texto, el narrador se descubre, una y otra vez, eternamente solo. Y sigue soportando la consecuencia de los días que no es más que la necedad-necesidad de seguir viviendo.
         Al final el mundo no se acaba. El mundo de afuera. Y el de adentro parece conservar cierto equilibrio. El narrador que es escritor, y que está convencido de otra de las netas dejadas en las páginas del texto: “nadie debe escribir sólo por apresurar su carrera de escritor”, decide concluir su manuscrito, que es el texto que han escrito todos los que asumieron su voz. Los malnacidos a los que se dirige pero a los que también describe. Al final, todo se resume a un libro. El que escribe dentro de la trama y el que podemos ver como realidad evidente ante nuestros ojos. Como si los libros conservaran, todavía, esa aura de incuestionables que la tradición de la modernidad y la Ilustración les endilgó. “Los libros son la mentira más falsa de la vida”. Pero queda claro que muchos de nosotros no podríamos vivir, como el protagonista de la novela, sin esa afición patológica por las mentiras. Y esta mentira de Rubén Don, bien merece el intento de creérsela.

viernes, noviembre 20, 2009

Invitación


El próximo lunes ando por acá:

Un lunes, un autor
Tertulias literarias en la SOGEM


Presentación de la novela
La consecuencia de los días
de Rubén Don

con la participación del autor, Édgar Adrián Mora y José Luis Enciso.

Lunes 23 de noviembre, 19 hrs.

José María Velasco Núm. 59 – 4º. Piso
Colonia San José Insurgentes
México, D.F.

Mis memorias de la Revolución (fragmento)


Ei. Hoy es 20 de noviembre (aniversario del inicio de la Revolución Mexicana) y les comparto algunas de las cosas que he estado escribiendo.

[...] En la "Nota explicativa (para los ignorantes en Historia de México)" que se encuentra al final de una de las mejores novelas sobre la Revolución Mexicana, Los relámpagos de agosto, Jorge Ibargüengoitia sintetiza de manera magistral el proceso de guerra civil que vivió México a partir de 1910, y que se recrudeció en 1913 como el arribo de las fuerzas del Norte cuya visión del proceso revolucionario viraba de manera irremediable a la necesidad de institucionalizar el caos. Dice el guanajuatense:
Porfirio Díaz forjó, en los treinta años de su tan vituperado reinado, una casta militar y un ejército, tres o cuatro veces más numeroso que el actual, que desfilaba cada 16 de septiembre entre los aplausos del populacho. Los oficiales fueron a Francia para aprender le cran y a Alemania para aprender lo que hayan sabido los prusianos de la época. Cuando terminó la Guerra de los Boers, Don Porfirio alquiló a dos o tres de sus generales para que vinieran a hacer el ridículo aquí en Coahuila. La infantería mexicana fue la primera en adoptar un fusil automático (el Mondragón, fabricado en Suiza), algunos de cuyos ejemplares todavía son usados los domingos en los ejercicios marciales de los jóvenes conscriptos.
          Todo esto se vino abajo con la Revolución Constitucionalista de 1913. Los oficiales que habían estudiado en Francia y en Alemania, los generales boers y las infanterías dotadas con los flamantes Mondragón fueron literalmente pulverizados por un ejército revolucionario que estaba al mando de Obregón, que era agricultor; de Pancho Villa, que era cuatrero; de Emiliano Zapata, que era peón de campo; de Venustiano Carranza, que era político, y no sé lo que haya sido en su vida real don Pablo González, pero tenía la pinta de un notario público en ejercicio. Éstos fueron, como quien dice, los padres de una nueva casta militar cuya principal preocupación, entre 1915 y 1930, fue la de autoaniquilarse. Obregón derrotó en Celaya a Pancho Villa, que todavía creía en las cargas de caballería; don Pablo González mandó asesinar a Emiliano Zapata; Venustiano Carranza murió acribillado en una choza, cuando iba en plena huída; nunca se ha sabido si por órdenes o con el beneplácito de Obregón, que, a su vez, murió de los siete tiros que le disparó un joven católico profesor de dibujo. Pancho Villa murió en una celada que le tendió un señor con el que tenía cuentas pendientes. En los intestinos del general Benjamín Hill, que era Secretario de Guerra y Marina, se encontraron rastros de arsénico; el cadáver de Lucio Blanco fue encontrado flotando en el Río Bravo; el general Diéguez murió por equivocación en una batalla en la que no tenía nada que ver; el general Serrano fue fusilado con su séquito en el camino de Cuernavaca, y el general Arnulfo R. Gómez fue fusilado, con el suyo, en el Estado de Veracruz; Fortunato Maycotte, que, según el corrido, divisó desde una torre a las tropas de Pancho Villa, al lado de Obregón, fue fusilado en Pochutla, por las tropas del mismo Obregón; el general Murguía cruzó la frontera con una tropa y se internó mil kilómetros en el país sin que nadie lo viera; cuando lo vieron, lo fusilaron, etc., etc., etc.

Un laberinto de relaciones imposible de interpretar o seguir de manera coherente. Una cosa queda clara: la Revolución Mexicana se encuentra signada por la violencia y el uso discrecional que se hizo de ésta. No es posible comprender de otra manera un proceso que generó tal desarticulación de la sociedad mexicana sin que se pueda discernir a ciencia cierta los saldos que arrojó. En esta configuración de tragedias continuas, que se acerca de manera peligrosa a la comedia de enredos, es necesario pensar en el papel que las armas tuvieron como objetos que simbolizaban y sintetizaban esa administración de la violencia. La idea del fusilamiento, de la muerte a traición y del "ajusticiamiento" recorre de manera inquietante las mudanzas de escenarios y de protagonistas de una revolución que se erigió triunfante pero que no se puso de acuerdo acerca de quién era el actor protagónico que merecía los aplausos y los ramos de flores. La discusión ha continuado de manera intermitente pero continua. La diferencia está en que ese debate ha quedado huérfano de armas. Los disparos son políticamente incorrectos e innecesarios. El telón cayó, pero no anunciando el final de la obra, sino sólo ocultando las disputas que se llevan a cabo tras los bastidores. [...]

jueves, noviembre 19, 2009

Shit! ¡Cuánto tarda!


En estas páginas de bitácora ha quedado manifiesta la admiración que siempre me despertó el trabajo de Roberto Fontanarrosa. Me enteró que la película basada en su historieta Boogie, el Aceitoso, llegará a México en fecha indeterminada para la temporada de estrenos del invierno. Comienzo a desesperar. La condena de ser fan.

Jet lag


La nueva disposición de los días me ha sumido en un estado de jet lag. Ya sé que el horario de verano mudó hace ya un rato, pero no puedo evitar sentir un cansancio desproporcionado con respecto a la duración del día. Es decir, los días duran lo mismo, pero ya me había acostumbrado a levantarme en la oscuridad (nado de cinco a seis de la mañana) y a llegar a mi casa, después del trabajo, todavía con un poco de luz.
          Hoy siento que el día me rinde menos y que comienza más tarde (aunque, en términos reales, abarque el mismo número de horas-minutos-segundos). Confusión.

miércoles, noviembre 18, 2009

Desalcoholización y despistolización


El crecimiento de los "pistolizados" también es preocupante.

Arranca en algunas zonas de la Ciudad de México el programa denominado "Cero-Cero" con el cual se pretende que las famosas "ventanitas" que ofertaban alcohol después del horario en que el comercio formal cerraba ya no lo hagan. El principal argumento tiene que ver con la relación que existe en el DF entre el consumo de alcohol y fenómenos como los homicidios dolosos, los accidentes automovilísticos y, en general, con la inseguridad que se vive (y se sobrevive) de manera cotidiana.
          Algo que tendría que analizarse, también, son las facilidades con las que actualmente se tiene acceso a armas de fuego. Muchos de los homicidios dolosos que se mencionan en el reporte que sustenta la medida, seguramente fueron llevados a cabo con armas de fuego sin licencia y sin registro de compra o de entrada al país (no somos un país productor de armas). Aunado al carácter "festivo" y "valemadrista" del mexicano promedio, esta nueva situación en las que es más común saber o atestiguar el acceso que la población común y corriente tiene para conseguir armas de fuego, seguramente incidirá de manera importante en los índices delictivos y de inseguridad.
          ¿Qué pasará, por ejemplo, con los Oxxo; estas exitosas franquicias relacionadas con FEMSA y Coca Cola, cuyos ingresos por venta de bebidas alcohólicas a deshoras se verán reducidos?
          Ahora, habrá que ver cuántas leyes argumentadas con solvencia y echadas a andar con altos índices de publicidad se vuelven letra muerta en la práctica. ¿Ejemplo? Las sanciones por hablar por teléfono celular mientras se conduce y las sanciones en "puntos" a las licencias de los quebrantadores de la ley de tránsito. En fin.